Portada contratiempo febrero 2011

 EDITORIAL FEBRERO 2011

Cerca del 10 por ciento de la población mundial vive con algún tipo de discapacidad, sea física o mental. En Estados Unidos, estimados del Censo ubican la población discapacitada en torno a los 32 millones. Las discapacidades son realidades cuantificadas por la ciencia, la medicina, la psicología y las políticas públicas, pero no por ello procesadas y entendidas por la población general, que en muchos casos las siguen viendo como anomalías que deben ocultarse, apartarse, o ignorarse.

El gran reto para las sociedades es cambiar su propia cultura para entender la discapacidad como algo que no necesariamente tiene que limitar las vidas de los individuos. Ese cambio de cultura concientizaría no sólo a la población general sobre las discapacidades, sino que permitiría a los gobiernos adjudicar los presupuestos necesarios para atender o rehabilitar estas condiciones, y para facilitar la plena integración social de la persona con discapacidad. 

El reto social tiene claras implicaciones a nivel individual. Cada uno de nosotros enfrenta sus propios prejuicios, sus propios temores y entramados culturales en relación con las discapacidades. Muchos fuimos educados en culturas que apartaban al discapacitado, lo ignoraban y confinaban en instituciones, lo más lejos posible del núcleo de la familia y la sociedad. Arrinconados, sin opciones, sin soluciones, sin el menor reconocimiento a su dignidad humana, ni a sus potencialidades reales, las personas con discapacidad han pasado demasiado tiempo ya en el margen de los derechos humanos.

Cambios dramáticos en los marcos sociales, políticos y legales en Estados Unidos y Europa han permitido el surgimiento de leyes que faciliten la incorporación de la persona con discapacidad a la sociedad, así como el surgimiento de programas de educación que permiten que los discapacitados sean educados en los mismos contextos y aulas que la población general. Pero del cambio jurídico al cambio cultural hay todavía un largo camino por recorrer. En la excelente cinta del director belga Jaco van Dormael, “El octavo día” (1996), un joven con síndrome de Down, Georges, tiene un encuentro accidental con Harry, un empresario recién divorciado. El encuentro transforma la vida de Harry, quien acepta a George como un amigo, tal vez porque, cerradas las puertas de su casa, ya nadie lo acepta él.

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dossier

 Cambiando Vidas 

Kari Lydersen

 

Habiendo crecido en una familia latina tradicional de El Paso, Michelle Robbins nunca iba a ninguna parte sin su madre o su hermana. Su madre asumió que envejecerían juntas cuidando la una de la otra, y nunca se imaginó que su hija, que utiliza una silla de ruedas, pudiera vivir de manera independiente.

Pero Robbins tenía otras ideas, especialmente después de haberse involucrado, durante su etapa universitaria, con el capítulo local del grupo nacional de derechos de los discapacitados ADAPT.

“Caí en cuenta de que podía salir yo sola, tener mis amigos, vivir por mi cuenta. Compré una casa, y como tenía que pagar la hipoteca, me conseguí un trabajo”, dijo Robbins.

Robbins se involucró en la lucha por un servicio de paratránsito disponible las 24 horas y por taxis y paradas de autobuses accesibles en El Paso. Robbins retó al alcalde a pasar un día sentado en una silla de ruedas en una intersección muy transitada, en plena calle, dado que la elevada acera impedía el acceso al autobús. Los autobuses dejaban de circular a las 8 pm. Robbins peleaba porque circularan más tarde.

Su lucha llamó la atención de Beto Barrera, un activista de los derechos de los inmigrantes y los discapacitados que trabajaba como gerente de desarrollo comunitario para la organización Access Living en Chicago. Barrera notó el apasionamiento de Robbins y le ofreció un trabajo en Chicago que Robbins aceptó.

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deshoras

 Rey Andujar

 

Textos de Rey Andújar

Introducción de Rafael Franco

No es con frecuencia que nos topamos con voces particulares y magistrales en las letras salvajes de las islas caribeñas. Tampoco hay duda de que esto se deba, en gran medida, a la falta de circulación de los libros publicados en las multitudinarias imprentas isleñas. Y eso sin entrar en el candente tema de si las editoriales están publicando en realidad lo mejor de las diversas cosechas literarias pertinentes. Cuba, tal vez, está sabiendo sacar a la luz sus mejores voces con más éxito que sus dos hermanas menores, República Dominicana y Puerto Rico. 

Tal vez por eso la lectura del dominicano Rey Andújar (1977) siempre agita y sacude los sentidos de manera tan singular. No podemos resistir la seductora voz que anima tanto su poética como su narrativa. En lo personal, fue la narrativa la primera que me hechizó y siempre tendrá un lugar especial en el quehacer literario de nuestro entorno caribeño, nuestros archipiélagos antillanos. Porque de la misma manera que retiene la idiosincrática melodía dominicana, trasciende lo particular y ocupa un lugar mucho más amplio y ajeno: la realidad plural de las Antillas. Asimismo, Andújar maneja con ineludible dominio la lengua vernácula para desnudar la encarecida cotidianidad que gobierna los múltiples Caribes. Con el mismo acierto conocemos la calle y sus criaturas inquietas, como el mundo privilegiado de los que están al mando, tanto en lo subterráneo como en la historia oficial. Sus personajes salen de las páginas para convertirse en informantes y Virgilios del multiverso antillano actual.

Los cuentos de Andújar lo depositan netamente en la mejor corriente del género, asegurándole lugar entre sus mayores exponentes. Como si fuera poco, su poética sorprende y refresca, azota como un viento alisio desatado en plena tormenta. Y cuando se ve encarnizada por su autor –tanto en Antípoda y el resto de su trabajo en escena– se convierte en acción y denuncia. Aquí tienen una pequeña muestra de este fenomenal talento dominicano, un escritor al que hay que seguir con la mayor atención. Prevenidos quedan.

 


 

Rafael Franco, escritor puertorriqueño, es autor de la novela El peor de mis amigos, Callejón 2007, y de los cuentos contenidos en la colección Alaska, Instituto de Cultura Puertorriqueña 2007.

 miradacómplice

 cabeza de barro exhibition

 

El barro como arte

Stephanie Manriquez

 

¿Tiene el barro potencial de ser material para obras de arte contemporáneo? El Museo Nacional de Arte Mexicano se hace esta pregunta para presentar los trabajos de dos artistas locales, Nicole Marroquín y Alfonso Nieves “Piloto”; los trabajos de ambos transforman perspectivas generadas intrínsecamente en espectros globales hacia un nivel local y de estructuras humanistas, anatómicas, culturales y sociales a través de su grotesca y táctil obra. 

NICOLE MARROQUíN

Trabajar minuciosamente cada detalle de las expresiones corporales o complejos sociales es lo que representa la obra de Nicole Marroquín. La artista texana, multidisciplinaria – grabado, escultura, arte multimedia y dibujo –  y egresada de la Universidad de Michigan ha conjugado su experiencia dentro de sus esculturas en barro. 

La obra de Marroquín se dirige hacia las particularidades de la gente o de una comunidad y la relación que tienen con su entorno. El gusto por el detallado humano siempre se localiza en sus formas y moldes, ya sean pestañas, ojos, nariz, cuello, hasta una mirada, sonrisa o un ceño; a demás de alguna manera estudia el comportamiento y lo narra plasmándolo con texturas y símbolos en la piel de cada una de sus piezas. Tanto las expresiones como la anatomía humanas son pigmentadas delicadamente con diversas técnicas o materiales, representando el carácter de su personaje usando barnices con efectos opacos o brillantes, terracota esmaltada, terra sigillata, óxido de hierro, óxido de cobre, titanio, entre otros. 

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tiempoextra 

 Violence and guns

 

En tinta roja: Violencia y sociedad en México y Arizona

Gerardo Cárdenas

No empezó 2011 mejor de cómo acabó 2010. En México y en Estados Unidos, de formas y por razones distintas, la violencia campeó y capturó los espacios públicos, los que deberían pertenecer exclusivamente a la sociedad civil pero que en medio de una lluvia de balas, y de notas de prensa escritas en tinta roja, pasan a manos de una minoría violenta que captura el centro de la escena, y literalmente mata las posibilidades de una cultura de paz.

En sólo 8 días nos sacuden tres noticias: dos en México, y una en Estados Unidos. El asesinato de Jaime Almonte, agregado cultural del consulado de México en Chicago, ocurre en un pueblo del estado de Guerrero, en Año Nuevo, en un clásico caso de “estar en el lugar equivocado, en el peor momento”. La noticia estremece a la comunidad mexicana de Chicago, y un detalle en particular nos ilustra cómo la narcoviolencia ha robado al país ciertos espacios: la familia de Almonte no puede recoger inmediatamente el cuerpo de la víctima porque el pueblo donde ocurrieron los hechos está tomado por el narco, y el narco controla los accesos: hasta que ellos no den permiso, nadie pasa.

En Acapulco, no lejos del pueblo donde matan a Almonte, amanece el 8 de enero y la población contempla un espectáculo grotesco: 28 cadáveres, de los que 15 carecen de cabeza. Varios cuerpos presentaban notas manuscritas con el nombre de El Chapo Guzmán, uno de los capos más temidos del narco mexicano. El mensaje de Guzmán al resto del mundo es: no se metan conmigo.

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