|
Extrasístoles Transfundir la sangre Jochy Herrera Bebo tu sangre, rompo tus miembros uno a uno. Y me quedo velando por años en la selva tus huesos, tu ceniza... Neruda La sangre es el líquido vital por excelencia. Portador de glóbulos rojos que llevan el oxígeno, de plaquetas que regulan la coagulación y leucocitos que nos defienden contra las infecciones, ella es sinónimo de vida. El cuerpo humano, de ser afligido por su pérdida súbita, carecería de los recursos necesarios para sobrevivir; aquí yace la idea de las transfusiones, un procedimiento médico que transporta el preciado líquido de un ser humano a la circulación de otro necesitado. Desde la antigüedad el hombre conocía las propiedades beneficiosas de la sangre, hecho evidenciado cuando se le daba de beber a los enfermos o cuando los gladiadores romanos la tomaban para mejorar sus heridas. Los egipcios se bañaban en ella como símbolo de restauración y Quetzalcóatl, presunto padre de los toltecas, era venerado por sus devotos mientras éstos untaban su boca con la sangre extraída de las venas de la lengua. La Biblia hace múltiples referencias a este elíxir de la vida adjudicándole caracteres trascendentales tal como anuncia el Levítico del Antiguo Testamento: ...la vida de la carne está en la sangre. Historiadores de la medicina difieren respecto a las circunstancias que rodean las primeras transfusiones: para unos, los incas fueron los pioneros, para otros, los romanos; en 1492, el Papa Inocente VIII muere de apoplejía a pesar de habérsele transfundido sangre. La misma suerte corrió en 1667 un muchacho moribundo a quien el médico francés Jean-Baptiste Denis inyectó sangre de ternero siendo éste posteriormente acusado de asesinato. Estos frustrados intentos justificaron la experimentación con "sustitutos sanguíneos" popularizados entre los siglos XVII y XIX: leche humana, cerveza, agua salada, orines y resinas, todos, fueron inyectados a través de rudimentarios métodos a fin de curar condiciones tan variadas como el cólera asiático, extrañas infecciones o trastornos de la personalidad. Fue el científico austríaco Karl Landsteiner, premio Nóbel de Medicina en 1930, quien descubrió los llamados "grupos sanguíneos" que clasifican la sangre en varios tipos (A, B, O positivo o negativo) de acuerdo a ciertas proteínas o antígenos alojadas en la pared de los glóbulos rojos. "Estas hacen incompatibles otros tipos de sangre con la del sujeto receptor al causar severas reacciones de rechazo, motivo principal del abandono que sufrió este tratamiento por muchos años. El médico argentino Luis Agote fue también responsable de la diseminación de las transfusiones gracias a sus experimentos con las técnicas de preservación de sangre para subsecuentes transfusiones, un hecho que facilitó su uso durante los conflictos bélicos del siglo veinte que culminaron en la fundación de los bancos de sangre y la Cruz Roja en 1947, ya terminada la Segunda Guerra Mundial. Los bancos de sangre hoy día cumplen una función insustituible al proveer enfermos y hospitales; sin embargo, los productos sanguíneos son también parte de una onerosa industria: sólo en Estados Unidos se hacen unos cinco millones de transfusiones al año, la mayoría provenientes de ocho millones de donantes lo que representó un mercado de seis mil millones de dólares durante el pasado año 2005. Existe inclusive una industria de bancos de sangre animal (www.K9bloodBank.com) donde sangre de perros es vendida a precios que podrían alimentar por varios días a una familia cualquiera. Las artes y la literatura, fieles al pensamiento humano de cada época, han utilizado la sangre como símbolo, fuente de creación y escencia cuasi divina de la vida. Los vampiros, por ejemplo, después la expansión del Romanticismo en Europa, dejaron de ser leyenda oral al convertirse en arquetipos de la inmortalidad, los placeres de la carne y trampa de la racionalidad y el espíritu, llegando inclusive a las fronteras de la ciencia médica al relacionárseles con "enfermedades vampíricas" como la rabia y la porfiria eritropoyética. La poesía, en la pluma de los grandes (Octavio Paz, García Lorca o Antonio Machado), empleó la sangre como metáfora existencial, rasgo marcadamente evidente en los textos nerudianos: en Los versos del capitán se utiliza la sangre como referente en por lo menos nueve de los poemas que componen este libro esencial del siglo XX: ...ven acá, vagabunda / ven a beber sobre mi pecho / rojo rocío... Es la voz del soldado, Neruda, quien en el prólogo urge a la sangre furiosa del texto abandonar su anonimato en pleno 1951. Desafortunadamente, a pesar de los avances científicos, las perversiones ideológicas han influenciado la manera cómo las transfusiones son utilizadas: los nazis, en su afán de pureza étnica, restringieron su uso a las huestes heridas durante la guerra: los soldados debían morir a menos que la sangre fuera de raza aria; el ejército norteamericano, que paradójicamente enfrentaba el enemigo nazi, bajo excusa de no herir sensibilidades, evitó por mucho tiempo la trasfusión de sangre de personas negras a las víctimas blancas. Las observaciones expresadas en este texto son motivadas por una noticia aparecida en la Radio Pública norteamericana en mayo de este año: el Hospital Infantil Montefiore de la ciudad de Nueva York mantiene un programa de asistencia médica a países y personas de bajos recursos llamado Health Care International. Gracias a él, Francisco Hernández, un niño salvadoreño de apenas ocho años, fue sometido a una compleja operación con el fin de corregirle un defecto congénito cardíaco. A pesar de las rutinarias precauciones tomadas por el excelente equipo que le atendía, hubo complicaciones durante la cirugía que requirieron múltiples transfusiones. El niño tenía el tipo de sangre B negativa, presente solamente en menos del dos por ciento de la población mundial, y las reservas del hospital carecían de más unidades de su tipo. El cirujano que conducía el procedimiento, el Dr Samuel Weinstein, sabiendo que su propio tipo sanguíneo era precisamente ése, el B negativo, suspendió temporalmente el procedimiento mientras en una sala contigua donaba su propia sangre para ser transfundida a Francisco Hernández. Según reportes de la prensa, se cree que esta es la primera vez en la historia médica de Norteamérica que un cirujano, en plena cirugía, se convierte en donador. Hoy, cuando la palabra solidaridad parece desaparecer del diccionario, cuando cambiamos el canal del televisor para no ver niños libaneses mutilados por las bombas de precisión o mujeres iraquíes muertas resultado del collateral damage, hoy, que consumimos para olvidar u olvidamos para consumir, más que nunca, necesitamos recordar que aunque la Cruz Roja se fundó como resultado de la guerra, la sangre, tal como los egipcios entendían, además de células lleva consigo el espíritu humano. Jochy Herrera: Dominicano. Es parte de la Mesa Directiva de contratiempo. |